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Miedo666
Ve a dormir, y no tengas miedo....

Cuentos cortos

Los demonios de mis vecinos

“Hicieron un exorcismo”, fue lo primero que pensé. Todo sucedió en la casa de mis vecinos. Como tres semanas atrás me había enterado que el hijo menor de mis vecinos había caído enfermo. Después de unos días de internación en el hospital lo trajeron para la casa, aunque no había mejorado. 
Como mi vivienda está muy próxima escuchaba perfectamente lo que pasaba en la de al lado. Todas las noches había gritos, y aquella voz no se parecía a la del niño ni a la de ninguno de los integrantes de la familia. Cuando no insultaba agresivamente decía cosas que no se entendían, parecía hablar una lengua extraña. Pero creí que solo se trataba de problemas de salud, tal vez ataques de nervios. 
Un día, al salir al patio, vi que al lado llevaban entre dos a un cura, pues este apenas podía caminar. Uno de los hombres era mi vecino. Después de dejar al cura debilitado en una camioneta atravesó el patio sin notarme, estaba visiblemente nervioso. Ahí fue cuando se me ocurrió lo del exorcismo. 
Como los gritos nocturnos no pararon era lógico pensar que había fallado. 
Con el pasar de los días mis vecinos estaban cada vez más ojerosos, lucían cansados, y noté que trataban de evitarme, seguramente porque era obvio que yo escuchaba los gritos que venían de su hogar.  También dejé de ver a los hermanos del afectado, seguramente no los dejaban salir, supuse.
Una noche, ya de madrugada, golpearon frenéticamente la puerta. Era mi vecina: 

- Discúlpeme por despertarlo, Edgar -me dijo-. Mi esposo no está y no tengo quién me ayude. Franco, el menor, está bastante enfermo, y, salió de su dormitorio y no quiere volver a él. Mis otros hijos no pueden, Franco es fuerte, y él… él no reconoce a nadie cuando anda nervioso, es un problema que tiene. Le pido por favor que me ayude. 
- Sí, por supuesto. Vamos -afirmé, aunque por dentro maldije mi suerte. 

¿Y si realmente aquel niño estaba poseído? Al pensar en sus hermanos indefensos y en aquella pobre mujer tomé coraje de repente.  Entramos a la casa y lo hallamos intentando forzar la puerta de un cuarto. Tras esa puerta estaban sus hermanos. Al advertirnos me miró y sonrió diabólicamente. Nunca olvidaré aquella sonrisa retorcida que mostraba unos dientes ensangrentados con su propia sangre. Su aspecto era increíble. ¿Cómo una carita tierna podía transformarse así? No me quedaron dudas: estaba poseído.  Cuando me acerqué intentó huir pero lo tomé por debajo de los brazos. Intenté ser delicado, pero tenía tanta fuerza que para someterlo tuve que usar toda mi energía. Chillaba y pataleaba, sus talones golpeaban mis piernas, intentaba arañarme con sus manitas… Después de una verdadera lucha conseguí llevarlo al cuarto, y con la ayuda de mi vecina lo amarramos a la cama.   

- ¡Muchas gracias! -me agradeció-. Mi esposo ya debe estar por venir, él va a traer ayuda. Gracias. 
- De nada. si quiere me quedo hasta que venga. 
- No, ya ayudó bastante, gracias, en serio. 

Al pasar frente al cuarto de los otros niños noté que ella miró muy preocupada la puerta, y la tanteó para asegurarse que estuviera cerrada. ¿Qué pasaba allí, no iba a fijarse si sus otros hijos estaban bien? 
Le iba a decir algo cuando del cuarto aquel brotaron unos gritos que me erizaron la piel. ¡Ahora los otros también estaban poseídos! Eran tres, y sus gritos me ahuyentaron de la casa. La mujer esperó a su esposo en el patio. Yo quedé en el mío. No pensaba volver a acostarme esa noche. 
No mucho después llegaron varios vehículos, y bajaron de ellos unos monjes que vestían hábitos largos; también llegaron otras personas que no sé si eran curas.  Entraron al hogar, aumentaron los gritos, y luego fueron sacando a los niños. Pude ver que les habían colgado unas cruces enormes en el cuello, y ahora los niños parecían paralizados. Cuando se fueron todos la casa quedó vacía. Unos días después vino un camión de mudanza y se llevaron todo. Nunca más supe algo de mis vecinos, aunque a veces creo oír voces que vienen de su casa. 
 


Un cuerpo

La morgue estaba repleta. Cubiertos por sábanas algunos, dentro de bolsas plásticas otros, los cadáveres cubrían casi toda la superficie de la sala. También había uno en la mesa de autopsias, y el doctor López se disponía a examinarlo, pero algo que divisó de reojo lo hizo girar rápidamente la cabeza. Una sábana se iba elevando a medida que un cuerpo se erguía hasta quedar sentado. 
López quedó inmóvil. Muchas veces vio un cuerpo moverse, pero no de aquella forma. Después de un instante de azoramiento, fue hasta el cadáver que se había sentado de pronto y le quitó la sábana. Era el cuerpo de un hombre, tenía los ojos abiertos y ya lucían opacos. Los primeros signos de descomposición comenzaban a evidenciarse, por lo tanto López descartó que estuviera vivo.
De pronto el cadáver pareció aflojarse y cayó hacia atrás quedando nuevamente tendido. 
Aquello sí que era raro. El doctor lo volvió a cubrir. “Que espasmo muscular tan particular”, pensó “Si estuviera aquí algún practicante se llevaría un buen susto”. pero un instante después el que se llevó un susto fue él. El cuerpo que estaba en la mesa de autopsias había levantado levemente la cabeza y lo miraba. Luego de un instante la cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. 

López se acercó con prudencia y dudó varias veces antes de examinarlo. Sin dudas estaba muerto. ¿Qué pasaba allí? Al observar la sala notó que otro cuerpo se movía. Nuevamente, tras un momento de actividad inusual quedó inerte, como si la energía que lo animaba lo abandonara de golpe. 
Ahora López miraba hacia todos lados ¿Qué muerto se movería ahora? Detuvo su mirada en una especie de humo que formaba un contorno humano no muy bien definido. La figura espectral avanzaba entre los muertos y desapareció al atravesar una pared, dejando en la sala a un López terriblemente asustado. 
Al reponerse un poco, se quitó los guantes, los arrojó descuidadamente y se lavó apresuradamente las maños mientras miraba sobre su hombro. Tenía que marcharse de allí lo antes posible. Las piernas le temblaban. Salió al corredor caminando lo más rápido que podía y, en su apuro casi chocó con un hombre que se iba prendiendo la camisa. El hombre lo miró y sonrió extrañamente, para luego saludarlo con un gesto y seguir su camino. Detrás del tipo corría un doctor, y al ver que no lo iba a alcanzar se detuvo y gritó: 

- ¡Señor! ¡No se vaya aún! ¡Tenemos que hacerle algunas pruebas…! -pero era inútil, el sujeto se marchó sin voltear-. Increíble, se fue -dijo el doctor dirigiéndose a López, y seguidamente le preguntó-. ¿Usted lo conoce? Vi que el tipo lo saludó.
- No… no lo conozco -contestó algo inseguro López, pues aunque no recordaba la cara del tipo, de alguna forma sentía que lo había visto antes. 
- Ingresó con un paro cardíaco -le informó el colega-. Intentamos reanimarlo pero no pudimos, y cuando lo iba a declarar muerto, se levantó como si nada y ya ves, se marchó. 

Al escuchar aquello, conjeturó rápidamente, recordando detalles de lo que acababa de sucederle en la morgue y en aquel pasillo, que lo que andaba recorriendo la morgue buscaba un cuerpo fresco, sólo logrando reanimar a medias a los que no lo estaban, pero al buscar en otro lugar halló a uno, y al marcharse en su cuerpo nuevo cruzó por él y le sonrió.

La mirada del gato

Pablo dejó de leer el libro de cuentos de terror que tenía entre las manos y, girando la cabeza observó otra vez las cosas que se hallaban en aquella habitación. Algo lo inquietaba, pero no sabía qué. Un enorme reloj colgado en la pared marcaba las once y media de la noche. Todavía no tenía sueño.
Por fin había adquirido una casa con las características que deseara durante años. Ahora tenía los muebles antiguos que tanto le gustaban, estaba rodeado de ellos, pero se sentía incómodo en aquel lugar.  Pensó que tal vez leía demasiada literatura de terror, y que de alguna forma lo estaba influenciando, mas enseguida descartó esa teoría. Siempre le había gustado leer cosas así, no iba a dejar de hacerlo ahora, además le pareció que no era eso, era algo más, tal vez aún no se había adaptado a su nuevo hogar. 

Tras un largo suspiro volvió a concentrarse en el libro. Apoyaba sus antebrazos en una mesa redonda de ébano, detrás de él había una cómoda enorme, de esas de dos puertas. El resto de la habitación estaba ocupado por unas repisas llenas de libros, y en la pared que estaba frente a él se encontraba una gran ventana, situada a más de dos metros de altura. 
Cuando pasaba una hoja del libro, Pablo creyó ver que algo se movía en la ventana. Al levantar la vista vio que había un gato en ella. El gato lo estaba mirando. De pronto el animal encorvó el lomo, se erizó, y con las orejas hacia atrás abrió la boca mostrando los colmillos, para luego saltar hacia un muro y desaparecer en la oscuridad. 
La reacción del gato lo dejó sorprendido. “¿De qué se asustó tanto ese gato?”, pensó Pablo “¿De mí? No puede ser. Es el de la casa de al lado, ya me conoce, además un gato no reacciona así por cualquier cosa…”. y al revivir la imagen del felino, se dio cuenta que éste, un instante antes de asustarse, dejó de mirarlo al desviar los ojos levemente. Lo que asustó al gato estaba detrás de él. Y cuando pensó eso, un ruido leve delató que la puerta del armario que tenía atrás se iba cerrando.

Hermanos

Los hermanos Guillermo y Ramón tomaron el camino que llevaba a su antiguo hogar.  Tenían ganas de ver nuevamente su casa. 
Al acercarse, Guillermo, que era el que iba conduciendo el auto, desaceleró y cruzaron lentamente.

- ¡Que vieja que está! - exclamó Ramón mirando hacia la casa. 
- Y sí, nadie la habita desde que nos fuimos - dijo Guillermo. 
- ¿Por qué los viejos nunca la vendieron? 
- Qué sé yo - respondió Guillermo -. Sabes que papá y mamá siempre estaban llenos de misterio cada vez que hablábamos de la casa. 
- Es cierto… Guillermo, ¿vamos a entrar?  
- Vamos. ¡Ah! Pero no tenemos llave.
- No creo que haga falta; la puerta se está cayendo a pedazos. 

Bajaron del auto y caminaron hacia la entrada. Empujaron el portón y entraron al terreno que hacía tanto tiempo que no pisaban.
La casa se encontraba en un lugar bastante apartado, el hogar más cercano apenas se veía desde allí, los alrededores eran pura campo y arboledas. 
La puerta estaba tan destartalada que casi cae cuando Ramón la empujó con el pie. El interior estaba sombrío. Permanecieron un momento en el umbral. Sus vistas se adaptaron a aquella media luz, luego  avanzaron mirando hacia todos lados. 
Atravesaron la sala, entraron al corredor y fueron recorriendo los cuartos. Caminaban sin decir una palabra, observando todo, recordando.  En el piso había basura, lo que indicaba que en algún momento alguien más había ocupado la casa, vagabundos probablemente. 
Tirada en el suelo había una muñeca del tamaño de un bebé. 

- Mira Ramón, tu vieja muñeca ¡Jajaja! - bromeó Guillermo.
- ¡Jaja! Sería tuya en todo caso. 

Los dos cruzaron por la muñeca mirándola de reojo. La muñeca tenía un gesto en la cara como si estuviera enojada.   Cuando entraron a otra habitación Guillermo se volvió hacia su hermano y le preguntó:

- ¿De quién sería esa muñeca? Parece vieja. Se nota que ocuparon la casa por un tiempo, pero lo más seguro es que fueran indigentes, y no los imagino jugando con una muñeca. 
- Quién sabe, tal vez tenían niños.
   
Siguieron su recorrido pensativos. Cuando regresaban escucharon un ruido, y al volverse vieron que la muñeca atravesaba el pasillo gateando velozmente. Salió del cuarto en donde estaba y entró a otro. 
Los hermanos se miraron espantados y salieron corriendo. En su huída creyeron oír algo. Después, muy lejos de la casa, al intentar entender qué había pasado, qué era aquello, cada uno dijo lo que creyó escuchar después de ver a la muñeca. Los dos habían escuchado: “Hermanos, soy yo”.
La cosa de la oscuridad

Emilio ya se acostó un poco asustado. Estaba de visita en la casa de sus abuelos. Como casi nunca los veía no era mucho el afecto que tenía hacia ellos, y la casa lo impresionaba bastante por ser vieja y grande, por eso nunca se quedaba, a pesar de que sus abuelos siempre lo invitaban. 
Como en su cumpleaños ellos le regalaron una bicicleta nueva, fue casi una obligación quedarse un fin de semana con sus abuelos. 
Acostado pero sin poder  dormir, Emilio escudriñaba la oscuridad del cuarto. En aquella oscuridad, algunas cosas parecían moverse, sobre todo un abrigo que estaba colgado en un rincón. Parecía mover las mangas como si hubiera algo dentro de él, lo que le daba la apariencia de alguien sin cabeza y sin piernas. 

Emilio trató de no mirar más hacia el abrigo, pero donde posara la mirada había algo que se veía aterrador en la penumbra. Hasta la gran mancha de humedad que prosperaba en una de las paredes parecía ser un rostro deforme que sonreía. En el rincón más oscuro, Emilio veía aparecer y desaparecer a un cuerpo informe, pequeño, que flotaba por un instante para enseguida desaparecer en la oscuridad. 
Para no seguir asustándose cerró los ojos y se cubrió hasta la cabeza. El silencio de la casa y sus alrededores finalmente hicieron que se durmiera.
Despertó al escuchar que golpeaban la puerta; ya estaba de día, era su abuela. 

- ¿Se puede pasar? - preguntó su abuela desde el corredor.
- Sí abuela, pasa. 
- ¡Buen día! - saludó la anciana tras abrir un poco la puerta. 
- Buen día. 
- Veo que sentiste frío. Hubieras tomado una frazada del ropero. 
- No sentí frío abuela, ¿por qué lo dices? - le preguntó Emilio mientras se sentaba en la cama. 
- Creí que habías sentido frío porque vi que tienes ese abrigo en la cama. 
Emilio miró hacia un lado y vio horrorizado que el abrigo que parecía moverse estaba sobre la cama.

Dentro del ataúd

La tarea de ir a la funeraria había recaído en Javier. Su abuela había muerto y debía elegir un ataúd. 
El local de la funeraria era extremadamente lúgubre. Tenía una sala amplia destinada a los velorios. Javier atravesó la sala con paso lento, observando lo que había en ella. En ese momento no había ningún velorio. Unas lámparas ubicadas contra la pared desparramaban una luz amarillenta sobre unos sillones oscuros y largos, de apariencia antigua, que al ser iluminados desde atrás, estiraban sus sombras hasta el medio de la habitación. También había una mesa de madera negra, y sobre ella una corona de flores y unos jarrones vacíos.  
Algo impresionado por la apariencia del lugar, cuando el dueño de la funeraria lo saludó repentinamente, Javier casi gritó, pues no había notado su presencia. El hombre lo interceptó y le dio la mano. 

- Supongo que usted es Javier - dijo el dueño de aquel lúgubre local.
- Hola. Sí, así es.
- Lamento su pérdida.
- Gracias. 
- Si me acompaña le muestro los ataúdes que tenemos. 

Javier lo siguió por un corredor y entraron a otro salón. La sala velatoria lo había impresionado, pero aquella impresión fue mucho menor que la que sintió al entrar en la segunda sala, que estaba llena de ataúdes: había grandes, medianos, pequeños, algunos brillaban de lustrados que estaban, mientras otros lucían opacos. 
El hombre de la funeraria miró su reloj y se excusó:

- Voy a tener que dejarlo solo por un momento. Hoy estoy sin personal, y tengo el crematorio encendido, debo vigilarlo cada cierto tiempo.  Usted elija el que más le guste, y cuando vuelva, que va a ser dentro de unos minutos, me dice cuál eligió. Ya vuelvo. 
- Sí, yo le digo - medio murmuró Javier. El hombre esquivó unos cajones y salió por una puerta. 

Tuvo la intención de elegir cualquiera de los que veía desde donde estaba, pero enseguida pensó en su abuela; ella merecía algo bueno, además, si elegía algo de baja calidad sus parientes se lo iban a reprochar. Miró en derredor y vio uno que le pareció adecuado. Caminó hacia él para examinarlo más de cerca. Antes de alcanzarlo se detuvo y prestó atención; había escuchado un llanto. Girando la cabeza buscó su origen. Por un instante le pareció que el llanto se iba desplazando por la habitación. Dejó de oírlo de pronto, y luego de un momento de expectativa, volvió a escucharlo. El sonido venía de un ataúd pequeño, que por su dimensión solamente podría servirle a un niño.
¡En el ataúd hay un niño vivo que dieron por muerto!, pensó.    Estaba cerrado, Javier intentó abrirlo pero en vano.   Desesperado, salió corriendo rumbo a la puerta por donde saliera el tipo de la funeraria.   Al escucharlo, el hombre reaccionó sumamente sorprendido.

- En ese salón nunca ponemos a los difuntos - afirmó el tipo de la funeraria- , además no hemos recibido a ningún niño en estos días.
Cuando pudieron abrir el ataúd éste se encontraba vacío.  








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